De creer en el amor a primera vista... pues no, pero no pasó ni un día para
que Alejandro me alborotara los sentimientos que habían estado reposados por un
largo tiempo.
Recuerdo cada detalle del primer encuentro y aún cuando recorro la ciudad
volteo para ver los lugares donde por primera vez coincidimos, bromeamos y
reímos acompañando a un amigo en común, Eduardo, nuestro Cupido accidental.
Habían invitado a Edu a participar en una exposición fotográfica así que
planeó cada detalle para componer una imagen y me pidió ayuda con algunas
especificaciones: que lo pasara buscando temprano en la tarde porque iba a
esperar la hora azul
para hacer una foto de tiempo.
En el camino me preguntó si podíamos pasar buscando un amigo suyo en el
terminal de autobuses, él lo ayudaría con la impresión de la fotografía:
"ni modo", le contesté porque estaba de un humor terrible por el
dolor de cabeza.
Alejandro llegó con un bolso (en el que después sabría que cabía toda su
vida). Alto, como 1.80 de estatura o más, medio robusto pero sin vestigio de
músculos, moreno claro, con ojos miel y tan dulces como la sustancia, cachetón,
con unas entradas pronunciadas - vestigios de una calvicie heredada por su
padre- y con unas graciosas patillas. Nos presentaron aunque él dijo que ya me
había conocido en el Ecomuseo, una anécdota que después usaría para responder a
la pregunta: ¿Y cómo se conocieron? - Nos conocimos un día y ella me conoció
después - le encantaba contestar.
Estacionamos el carro en La Torre Loreto pues era justo en la isla del
semáforo donde Edu haría la toma. Esperamos en un café a que se hiciera la hora
y comenzamos a conversar. Quienes conocemos a Edu sabemos que es el ser más
atorrante y huraño del mundo, pero es un buen amigo, muy distinto a Alejandro:
alegre, bromista, ocurrente. Hicimos click de inmediato pues su sentido del
humor era un extensión del mío y viceversa.
Ya era la hora, Edu cruzó la calle hacia la isla con trípode y cámara en
mano. Me quedé al otro lado de la acera con un dolor de cabeza que me
acompañaba esa tarde.
- ¿Qué tienes?
- Me duele mucho la cabeza, creo que fue porque dormí en la tarde.
- Que triste es tu vida - dijo Alejandro en tono de broma.
- Sí, como si me doliera después de comer o ir al baño, triste - traté de
seguirle el juego.
- No te muevas, tengo un Ibuprofeno de 800 mg - saltó el muro hacia el
estacionamiento, pasé la alarma del carro y él sacó de bolso una caja. Ver su
atención desmedida me reveló que le había gustado, después Alejo saltaría otros
muros por mi.
jueves, 4 de julio de 2013
martes, 2 de julio de 2013
La cajera verduga
Aún no puedo olvidar el rostro severo e inescrutable de la cajera. Pedí perdón dos veces sin un: "tranquila no se preocupe". nada, ni una mirada de misericordia.
Había puesto el café en el mostrador y por la alineación de los planetas, saturno retrógrado, el destino, cosas de Dios, tropecé el marrón claro y éste se derramó hasta el piso.
- Lo siento- clamé.
- Fulano, llámame a Lucy, dile que venga con el coleto- gritaba la cajera a otro vendedor.
Todo pareció detenerse, Lucy no aparecía y mi verduga se exasperaba más -Búscame a Lucy-.
- De verdad lo siento, perdón - imploré. La cajera me miró y sus labios apretados no tuvieron ni la intención de calmar mi sentimiento de culpa.
Al final me despedí haciendo contacto visual, como dando a entender que era sincera mi pena, que sentía sacar a Lucy de su comodidad, que quizá pensó que ya había terminado su jornada laboral y mi torpeza interrumpió la visualización en su casa jugando con sus nietos.
Siempre he dicho que el servicio al cliente en Guayana es pésimo, pero que no me hayan perdonado ha superado todas las malas atenciones.
Había puesto el café en el mostrador y por la alineación de los planetas, saturno retrógrado, el destino, cosas de Dios, tropecé el marrón claro y éste se derramó hasta el piso.
- Lo siento- clamé.
- Fulano, llámame a Lucy, dile que venga con el coleto- gritaba la cajera a otro vendedor.
Todo pareció detenerse, Lucy no aparecía y mi verduga se exasperaba más -Búscame a Lucy-.
- De verdad lo siento, perdón - imploré. La cajera me miró y sus labios apretados no tuvieron ni la intención de calmar mi sentimiento de culpa.
Al final me despedí haciendo contacto visual, como dando a entender que era sincera mi pena, que sentía sacar a Lucy de su comodidad, que quizá pensó que ya había terminado su jornada laboral y mi torpeza interrumpió la visualización en su casa jugando con sus nietos.
Siempre he dicho que el servicio al cliente en Guayana es pésimo, pero que no me hayan perdonado ha superado todas las malas atenciones.
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