Aún no puedo olvidar el rostro severo e inescrutable de la cajera. Pedí perdón dos veces sin un: "tranquila no se preocupe". nada, ni una mirada de misericordia.
Había puesto el café en el mostrador y por la alineación de los planetas, saturno retrógrado, el destino, cosas de Dios, tropecé el marrón claro y éste se derramó hasta el piso.
- Lo siento- clamé.
- Fulano, llámame a Lucy, dile que venga con el coleto- gritaba la cajera a otro vendedor.
Todo pareció detenerse, Lucy no aparecía y mi verduga se exasperaba más -Búscame a Lucy-.
- De verdad lo siento, perdón - imploré. La cajera me miró y sus labios apretados no tuvieron ni la intención de calmar mi sentimiento de culpa.
Al final me despedí haciendo contacto visual, como dando a entender que era sincera mi pena, que sentía sacar a Lucy de su comodidad, que quizá pensó que ya había terminado su jornada laboral y mi torpeza interrumpió la visualización en su casa jugando con sus nietos.
Siempre he dicho que el servicio al cliente en Guayana es pésimo, pero que no me hayan perdonado ha superado todas las malas atenciones.
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