viernes, 18 de enero de 2008

El sabor de la primera vez


Hace más de 12 años se erigía en Alta Vista parte de un emporio, un pequeño pedacito del “sueño americano” que sólo podíamos disfrutar en películas o en series de televisión, pero que ahora saborearíamos, literalmente.
Las cadenas de restaurantes de comida rápida invadirían nuestra provincia Guayana. Tener uno de estos locales era y aún es el indicio de que la región es moderna. “Imagínate, hasta tienen Mcdonalds” podría fácilmente decir algún visitante de una ciudad más desarrollada u otro país.br />Ya sea por curiosidad, ganar status o satisfacer la necesidad básica; comer, algunos visitamos el primer lugar en Puerto Ordaz de comida rápida con raíces anglosajonas, el “Rey de las Hamburguesas”, Burger King.
Las luces blancas y brillantes con un ambiente inundado de olor a fritura dio la bienvenida. Una juventud sin salir totalmente de la pubertad recibió por primera vez nuestras peticiones con esa una amplia y sobre actuada sonrisa. Los avisos luminosos en la parte superior eran la sustitución de la pizarra o cartulina donde estábamos acostumbrados a curiosear el menú.
Estar en un auto hablando con un parlante para pedir comida parecía una escena al mejor estilo hollywoodense, pero no era fácil mantener un diálogo con un objeto inanimado. El sentirse ridículo era un sentimiento latente en el guayacitano, para otros un dejo de ignorancia.
Más de uno guardó el vaso con el logotipo del restaurante o aquel individual de papel impreso con la publicidad de las comidas ofrecidas sólo por pura vanidad.
Otra novedad era que estos sitios incluían parques seguros en comparación con los existentes en la región, donde salir teñido de terracota por el óxido de los juegos era algo común. Allí todo estaba hecho de plástico y con piso forrado de material acolchado, lejos de los riesgos que pasamanos y subibajas oxidados o de los columpios rotos podrían representar.
Algunos entraban con mucha expectativa, otros intimidados por aquella modernidad, pero con un fin en común; comer, sólo que esa necesidad básica requería de una acción más meditada.
El menú ofrecido rompía los paradigmas de la comida rápida callejera, ahora una palabra nueva aparecía en el vocabulario gastronómico; el combo.
Era inverosímil pedir las cosas por separado, la economía se vería en riego ante tal petición. Los anuncios impresos con los combos se mostraban apetitosos. Una hamburguesa con pan fresco, lechuga heterogéneamente verde, un tomate de un rojo envidiable y una carne jugosa incitaban a los clientes a animarse para hacer sus peticiones.
Allí estaban las imágenes de los distintos combos, todos casi iguales, lo único que cambiaba eran los precios.
La mirada miope se paseaba una y otra vez por las distintas opciones según el tiempo de la cola lo permitía. El paladar no estaba familiarizado con ninguna de las comidas ofrecidas, así que el esfuerzo por no fracasar y disfrutar de un buen combo se intensificaban.
Al fin llegamos al recibidor, tras éste, un joven qué parecía autómata cada vez que decía: “Buenas tardes señor ¿en qué le podemos servir?”.
A partir de allí comenzaba una serie de preguntas que parecieran interminables y que prácticamente destrozaban nuestra pensada decisión.
Después de haber practicado mentalmente el nombre del combo, pedimos el más económico, sólo para probar. Así que expresamos nuestro deseo: “un Whopper número 1”. Listo, allí pensábamos que inmediatamente todo terminó, producto de la costumbre de pedir en los sitios clandestinos de comida rápida, donde el vendedor sólo respondía: “claro panita”.
“¿Mediano, grande o extra grande?” nos preguntaba aquella voz en pleno desarrollo.
Después de meditarlo repreguntamos si eso repercutirá el precio, lo que era afirmativo.
“¿Sabor de la bebida?¿desea queso y tocineta adicional?¿con papás o aros de cebolla?” . Tras una nueva pregunta de aquel joven venía otra nuestra: “¿qué sabores tienes? ¿cuesta más? ¿cuál es la diferencia?”. Si íbamos dudosos con nuestra decisión, ahora era más confuso.
La cola se incrementaba, estábamos sudorosos, el temor de equivocarnos o pecar de ignorantes era latente, nuestra mirada se paseaba entre aquel joven con cara de interrogante y la imagen de aquella hamburguesa casi perfecta que parecía inalcanzable.
Por último se tomaban las decisiones que a nuestro criterio se asemejaban a la fotografía de aquel combo puesto en el menú. Nos preparamos para pagar, cuándo de repente aquel joven cajero que nos volvió a interpelar “¿para llevar o para comer aquí?”.
Después de pagar, más de uno se habrá quedado en la caja, como esperando otra nueva arremetida contra nuestra capacidad de decisión, sin embargo esperamos un poco, y allí apareció nuestro pedido que tenía forma de un entremés, comparado con aquella fotografía.
Cuando por fin vemos cara a cara la hamburguesa vimos que ésta en comparación de la callejera no tiene jamón, ni huevo y tan poco está atiborrado de salsa. Ante aquel robo sólo nos podíamos alentarnos con la frase: “bueno, era sólo para probar”.

lunes, 7 de enero de 2008

Cómo morir de hambre y vivir en el intento


Es martes, un día después de incumplir la autopromesa de comenzar dieta; esa forma alimenticia que parece sinónimo de hambre. Cada semana siempre tendrá un lunes que será el elegido para empezar, "esta vez sí", a comer menos y más sano.
Todo en el ambiente pareciera indicar que hay que cambiar las costumbres alimenticias. Desde la batalla campal con el pantalón que se muestra intolerante ante unos "kilitos de más", hasta la esbelta pretendiente del ex novio.
El detonante de la decisión de bajar de peso puede ser aquel vestido "soñado", encajado perfectamente en una muñeca de porcelana que parece de imposible delgadez, y así evitar la vergüenza paranoica de tener que visitar la tienda de al lado que proporciona ropas de "tallas grandes", lo que parece un eufemismo de la palabra "gorda".
El reflejo en el espejo es un buen compañero para hacer la sentencia: "El lunes comienzo dieta", anterior a eso estuvieron esas palabras de empuje: "Estoy muy gorda", "parezco una marrana", "mira este caucho".
La dieta de la manzana, la de los puntos, las proteínas, los 8 vasos de agua diarios y cuanto brebaje le haya servido a alguien para bajar de peso, son las informaciones recopiladas para pensar el nuevo mercado.
Los días siguientes a la decisión son un recordatorio continuo de que van a acabar aquellos suculentos platos, que hacen honor a el dicho que cita "todo lo sabroso engorda".
En el transcurso de la semana el espejo vuelve a ser aquel confidente y buen consejero de que la idea tiene que continuar. "Sí, definitivamente tengo que rebajar", son las palabras pronunciadas después de hacer ciertas expresiones físicas, como fijar la mirada hacia nuestro abdomen mientras las manos intentan aplanarlo.
Es domingo, el día en que pareciera que toda la comida del mundo va a desaparecer, por lo que la meta es comer todo aquello rico en colesterol y carbohidratos que estarán prohibidos hasta alcanzar la meta.
En la mañana del día lunes comienza la campaña pro pérdida de peso. La primera estrategia fue imprimir un calendario de las comidas de cada día que han sido pegados en la nevera, junto a la foto de la Miss Venezuela ganadora de ese año, que sirven como guardianes para evitar el incumplimiento de la promesa.
El color predominante en el interior de la nevera es el verde, y los nombres de cada producto comestible tiene la misma terminación; light.
Decir que uno está a dieta es asumir que se es gordo, o por lo menos es un imaginario colectivo, por lo que ese término se sustituye por "comer sano" o "cuidar la salud".
El reloj marca las 9am, hora de desayunar. La mirada recorre cada estante del cafetín buscando una galleta de fibra, en un ambiente inundado de olor a fritura que nos "alborota" el hambre, pero sigue en pie la promesa inspirada por aquel vestido soñado y por las ganas hacer lamentar al “ex” por pederse “esta mamacita”.
Al medio día nos recibe en la puerta del refrigerador la Miss Centinela. En el interior de la nevera está la pechuga de pollo que se verá solitaria en el plato entre algunos “montecitos”. Por un instante la mirada se dirige hacia la mayonesa, pero en seguida la hipnosis de la salsa es arrebatada por la fuerza de voluntad.
Hasta ese tiempo todo parece marchar bien, pero las 4 de la tarde es la hora cruel donde luchan las motivaciones señaladas en la pirámide de Maslow; la necesidad básica de satisfacer el hambre “atragantándonos” con lo que sea o elegir la autorrealización (llegar a estar “buena”).
Muchos enemigos se ganan en el periplo por llegar a la meta trazada. Uno de ellos son las calorías y los carbohidratos. Otros son algunos amigos obstinados con el desabastecimiento en nuestra nevera, o por la obsesión de contar las calorías de los alimentos aunado a las salidas rechazadas a lugares que atenten con nuestra fuerza de voluntad.
No todos los días son buenos y menos si se ha sucumbido a la terrible tentación de comer “sólo un chocolatico” que se convirtieron en cinco barras de aquel “fruto prohibido”. Después de haber caído en el pecado, el remordimiento de conciencia parece desmembrar la autoestima y retumba repetidas veces una misma pregunta: “¿Por qué lo hice?”.
Tal hecho no puede quedar impune, imponiéndose el autocastigo: “esta noche no hay cena” acompañado de 300 abdominales e incrementando el esfuerzo y el tiempo en los aeróbicos.
No hace falta cinta métrica para medir los kilos perdidos, ella es sustituida por ese vestido, camisa o pantalón preferidos que más nunca pudimos ponernos por el aumento en las proporciones de nuestro cuerpo.
El ritual para saber si hemos rebajado algo, es chequearse cada cierto tiempo frente al espejo, con un recorrido visual por nuestra figura, y si se cree que algunos kilos han desaparecidos, en el closet está aquella prenda para corroborarlo.
En las semanas siguientes, esa prenda de ropa se ha mostrado solidaria. Las personas empiezan a notar nuestro cambio, lo que nos lleva a sentir más afecto por aquellos amigos que nos expresaron ese bonito sentimiento: “¡estás más flaca!”.
Ser similar en figura a la Miss Venezuela pegada en refrigerador parece utópico así que se aborta la misión. El sólo hecho de ponerse aquel “vestido soñado” es satisfactorio, aunque éste sea una talla más que la del maniquí, pero por lo menos la entrada a aquella tienda para “gordas” no se vislumbra por ninguna parte de nuestro cuerpo.