
Hace más de 12 años se erigía en Alta Vista parte de un emporio, un pequeño pedacito del “sueño americano” que sólo podíamos disfrutar en películas o en series de televisión, pero que ahora saborearíamos, literalmente.
Las cadenas de restaurantes de comida rápida invadirían nuestra provincia Guayana. Tener uno de estos locales era y aún es el indicio de que la región es moderna. “Imagínate, hasta tienen Mcdonalds” podría fácilmente decir algún visitante de una ciudad más desarrollada u otro país.br />Ya sea por curiosidad, ganar status o satisfacer la necesidad básica; comer, algunos visitamos el primer lugar en Puerto Ordaz de comida rápida con raíces anglosajonas, el “Rey de las Hamburguesas”, Burger King.
Las luces blancas y brillantes con un ambiente inundado de olor a fritura dio la bienvenida. Una juventud sin salir totalmente de la pubertad recibió por primera vez nuestras peticiones con esa una amplia y sobre actuada sonrisa. Los avisos luminosos en la parte superior eran la sustitución de la pizarra o cartulina donde estábamos acostumbrados a curiosear el menú.
Estar en un auto hablando con un parlante para pedir comida parecía una escena al mejor estilo hollywoodense, pero no era fácil mantener un diálogo con un objeto inanimado. El sentirse ridículo era un sentimiento latente en el guayacitano, para otros un dejo de ignorancia.
Más de uno guardó el vaso con el logotipo del restaurante o aquel individual de papel impreso con la publicidad de las comidas ofrecidas sólo por pura vanidad.
Otra novedad era que estos sitios incluían parques seguros en comparación con los existentes en la región, donde salir teñido de terracota por el óxido de los juegos era algo común. Allí todo estaba hecho de plástico y con piso forrado de material acolchado, lejos de los riesgos que pasamanos y subibajas oxidados o de los columpios rotos podrían representar.
Algunos entraban con mucha expectativa, otros intimidados por aquella modernidad, pero con un fin en común; comer, sólo que esa necesidad básica requería de una acción más meditada.
El menú ofrecido rompía los paradigmas de la comida rápida callejera, ahora una palabra nueva aparecía en el vocabulario gastronómico; el combo.
Era inverosímil pedir las cosas por separado, la economía se vería en riego ante tal petición. Los anuncios impresos con los combos se mostraban apetitosos. Una hamburguesa con pan fresco, lechuga heterogéneamente verde, un tomate de un rojo envidiable y una carne jugosa incitaban a los clientes a animarse para hacer sus peticiones.
Allí estaban las imágenes de los distintos combos, todos casi iguales, lo único que cambiaba eran los precios.
La mirada miope se paseaba una y otra vez por las distintas opciones según el tiempo de la cola lo permitía. El paladar no estaba familiarizado con ninguna de las comidas ofrecidas, así que el esfuerzo por no fracasar y disfrutar de un buen combo se intensificaban.
Al fin llegamos al recibidor, tras éste, un joven qué parecía autómata cada vez que decía: “Buenas tardes señor ¿en qué le podemos servir?”.
A partir de allí comenzaba una serie de preguntas que parecieran interminables y que prácticamente destrozaban nuestra pensada decisión.
Después de haber practicado mentalmente el nombre del combo, pedimos el más económico, sólo para probar. Así que expresamos nuestro deseo: “un Whopper número 1”. Listo, allí pensábamos que inmediatamente todo terminó, producto de la costumbre de pedir en los sitios clandestinos de comida rápida, donde el vendedor sólo respondía: “claro panita”.
“¿Mediano, grande o extra grande?” nos preguntaba aquella voz en pleno desarrollo.
Después de meditarlo repreguntamos si eso repercutirá el precio, lo que era afirmativo.
“¿Sabor de la bebida?¿desea queso y tocineta adicional?¿con papás o aros de cebolla?” . Tras una nueva pregunta de aquel joven venía otra nuestra: “¿qué sabores tienes? ¿cuesta más? ¿cuál es la diferencia?”. Si íbamos dudosos con nuestra decisión, ahora era más confuso.
La cola se incrementaba, estábamos sudorosos, el temor de equivocarnos o pecar de ignorantes era latente, nuestra mirada se paseaba entre aquel joven con cara de interrogante y la imagen de aquella hamburguesa casi perfecta que parecía inalcanzable.
Por último se tomaban las decisiones que a nuestro criterio se asemejaban a la fotografía de aquel combo puesto en el menú. Nos preparamos para pagar, cuándo de repente aquel joven cajero que nos volvió a interpelar “¿para llevar o para comer aquí?”.
Después de pagar, más de uno se habrá quedado en la caja, como esperando otra nueva arremetida contra nuestra capacidad de decisión, sin embargo esperamos un poco, y allí apareció nuestro pedido que tenía forma de un entremés, comparado con aquella fotografía.
Cuando por fin vemos cara a cara la hamburguesa vimos que ésta en comparación de la callejera no tiene jamón, ni huevo y tan poco está atiborrado de salsa. Ante aquel robo sólo nos podíamos alentarnos con la frase: “bueno, era sólo para probar”.
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