
Es martes, un día después de incumplir la autopromesa de comenzar dieta; esa forma alimenticia que parece sinónimo de hambre. Cada semana siempre tendrá un lunes que será el elegido para empezar, "esta vez sí", a comer menos y más sano.
Todo en el ambiente pareciera indicar que hay que cambiar las costumbres alimenticias. Desde la batalla campal con el pantalón que se muestra intolerante ante unos "kilitos de más", hasta la esbelta pretendiente del ex novio.
El detonante de la decisión de bajar de peso puede ser aquel vestido "soñado", encajado perfectamente en una muñeca de porcelana que parece de imposible delgadez, y así evitar la vergüenza paranoica de tener que visitar la tienda de al lado que proporciona ropas de "tallas grandes", lo que parece un eufemismo de la palabra "gorda".
El reflejo en el espejo es un buen compañero para hacer la sentencia: "El lunes comienzo dieta", anterior a eso estuvieron esas palabras de empuje: "Estoy muy gorda", "parezco una marrana", "mira este caucho".
La dieta de la manzana, la de los puntos, las proteínas, los 8 vasos de agua diarios y cuanto brebaje le haya servido a alguien para bajar de peso, son las informaciones recopiladas para pensar el nuevo mercado.
Los días siguientes a la decisión son un recordatorio continuo de que van a acabar aquellos suculentos platos, que hacen honor a el dicho que cita "todo lo sabroso engorda".
En el transcurso de la semana el espejo vuelve a ser aquel confidente y buen consejero de que la idea tiene que continuar. "Sí, definitivamente tengo que rebajar", son las palabras pronunciadas después de hacer ciertas expresiones físicas, como fijar la mirada hacia nuestro abdomen mientras las manos intentan aplanarlo.
Es domingo, el día en que pareciera que toda la comida del mundo va a desaparecer, por lo que la meta es comer todo aquello rico en colesterol y carbohidratos que estarán prohibidos hasta alcanzar la meta.
En la mañana del día lunes comienza la campaña pro pérdida de peso. La primera estrategia fue imprimir un calendario de las comidas de cada día que han sido pegados en la nevera, junto a la foto de la Miss Venezuela ganadora de ese año, que sirven como guardianes para evitar el incumplimiento de la promesa.
El color predominante en el interior de la nevera es el verde, y los nombres de cada producto comestible tiene la misma terminación; light.
Decir que uno está a dieta es asumir que se es gordo, o por lo menos es un imaginario colectivo, por lo que ese término se sustituye por "comer sano" o "cuidar la salud".
El reloj marca las 9am, hora de desayunar. La mirada recorre cada estante del cafetín buscando una galleta de fibra, en un ambiente inundado de olor a fritura que nos "alborota" el hambre, pero sigue en pie la promesa inspirada por aquel vestido soñado y por las ganas hacer lamentar al “ex” por pederse “esta mamacita”.
Al medio día nos recibe en la puerta del refrigerador la Miss Centinela. En el interior de la nevera está la pechuga de pollo que se verá solitaria en el plato entre algunos “montecitos”. Por un instante la mirada se dirige hacia la mayonesa, pero en seguida la hipnosis de la salsa es arrebatada por la fuerza de voluntad.
Hasta ese tiempo todo parece marchar bien, pero las 4 de la tarde es la hora cruel donde luchan las motivaciones señaladas en la pirámide de Maslow; la necesidad básica de satisfacer el hambre “atragantándonos” con lo que sea o elegir la autorrealización (llegar a estar “buena”).
Muchos enemigos se ganan en el periplo por llegar a la meta trazada. Uno de ellos son las calorías y los carbohidratos. Otros son algunos amigos obstinados con el desabastecimiento en nuestra nevera, o por la obsesión de contar las calorías de los alimentos aunado a las salidas rechazadas a lugares que atenten con nuestra fuerza de voluntad.
No todos los días son buenos y menos si se ha sucumbido a la terrible tentación de comer “sólo un chocolatico” que se convirtieron en cinco barras de aquel “fruto prohibido”. Después de haber caído en el pecado, el remordimiento de conciencia parece desmembrar la autoestima y retumba repetidas veces una misma pregunta: “¿Por qué lo hice?”.
Tal hecho no puede quedar impune, imponiéndose el autocastigo: “esta noche no hay cena” acompañado de 300 abdominales e incrementando el esfuerzo y el tiempo en los aeróbicos.
No hace falta cinta métrica para medir los kilos perdidos, ella es sustituida por ese vestido, camisa o pantalón preferidos que más nunca pudimos ponernos por el aumento en las proporciones de nuestro cuerpo.
El ritual para saber si hemos rebajado algo, es chequearse cada cierto tiempo frente al espejo, con un recorrido visual por nuestra figura, y si se cree que algunos kilos han desaparecidos, en el closet está aquella prenda para corroborarlo.
En las semanas siguientes, esa prenda de ropa se ha mostrado solidaria. Las personas empiezan a notar nuestro cambio, lo que nos lleva a sentir más afecto por aquellos amigos que nos expresaron ese bonito sentimiento: “¡estás más flaca!”.
Ser similar en figura a la Miss Venezuela pegada en refrigerador parece utópico así que se aborta la misión. El sólo hecho de ponerse aquel “vestido soñado” es satisfactorio, aunque éste sea una talla más que la del maniquí, pero por lo menos la entrada a aquella tienda para “gordas” no se vislumbra por ninguna parte de nuestro cuerpo.
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